·sólo hay que saber donde mirarlas. Se lo enseñé yo. Él creía que en la ciudad no se podían ver las estrellas y me lié a pedradas con las farolas para quedarnos a oscuras. Nos tumbamos en el capó del coche a mirar el cielo. Ese día le pedí que se quedara conmigo en San Antonio, estaba perfecto. Quería abrazarle, besarle, pero no me atreví. Me tocó con el dedo meñique y yo escondí la mano
(Jamás he estado tan enamorada de alguien en mi vida y lo estaré siempre)
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